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SANAR A COSTA DE ENFERMAR

Constantemente escuchamos testimonios de los pacientes sobre el sistema de salud, señalando los pocos turnos, las distancias abismales entre citas, la atención apresurada y una aparente falta de empatía. Detrás de las batas blancas existe un iceberg que pocas veces se visibiliza. Allí se esconde una realidad estructural que ha sido insostenible desde hace años, y que paradójicamente se mantiene a flote solo por la vocación y autogestión de los profesionales. Esta crisis no solo afecta la salud física, emocional y económica del médico, sino que también puede verse reflejada en la calidad de atención brindada a los usuarios del sistema de salud , agravada por los altos niveles de estrés y exigencias en un contexto donde el profesional se ve obligado a rendir al máximo mientras intenta llevar su vida personal de forma sostenible con los recursos que posee, que a veces no son lo suficientes, sean económicos, emocionales o personológicos. Esto sin duda podría desembocar en la pérdida  de vidas humanas; una tragedia diaria que termina quebrando profundamente a los profesionales que llevan el caso.

En Ecuador, la prevalencia de síntomas ansioso-depresivos en el personal sanitario ha dejado de ser un daño aislado donde las métricas señalaban índices bajos de suicidios en profesionales de la salud, para convertirse en una epidemia que, lejos de ser silenciosa, hace más ruido a medida que pasa el tiempo. Un ejemplo de esto lo encontramos en un artículo del diario El Universo (abril de 2021). Según este reporte, una pareja joven de médicos que llevaban cuatro años de relación y se encontraban en un programa de posgrado de medicina interna en un hospital de la ciudad de Guayaquil, fueron hallados sin vida en una vivienda. Las investigaciones presumen que la pareja se habría inyectado fármacos que les causaron la muerte.

La pregunta que surge sobre este evento es: ¿Fue este hecho uno de tantos impulsados por un sistema que promulga la alta exigencia al personal médico por encima de su propio cuidado y bienestar? Quizás, como lo hemos palpado recientemente frente a diversas decisiones estructurales.

Un sistema que funciona por vocación

Según el manual de consulta externa de 2020 del Instituto de Seguridad Social, el médico debe cumplir con una exhaustiva lista de tareas por paciente. Estas abarcan no sólo la evaluación clínica integral (revisión de historial, exámenes, anamnesis, examen físico y tratamiento), sino también una pesada carga administrativa que incluye registrar la asistencia, signos vitales, diagnósticos y completar todos los formularios requeridos por el sistema. ¿Es posible realizar estas tareas en el tiempo establecido? Y la pregunta más compleja quizás es:

¿Pueden los usuarios percibir una atención de calidad en este corto periodo de tiempo? Si la respuesta es no, podríamos plantearnos entonces ¿de qué manera afecta esto al personal médico sobre la percepción de su desempeño como profesionales? y a la vez, ¿cómo impacta esto en los niveles de estrés y ansiedad?

Consultas cada vez más cortas, riesgos cada vez mayores

La literatura disponible también menciona que existe un riesgo alto de cometer errores de diagnóstico al reducir el tiempo de atención de forma drástica. Porcaro (2026) menciona en su informe de gestión Will Stuart Watson que una consulta rápida aumenta en un 18% el riesgo de errores diagnósticos. Mientras, una revisión sistémica del British Medical Journal de Irving G (2017) sugiere que “es físicamente imposible realizar una anamnesis completa y adecuada en menos de quince minutos, y que es probable que una consulta tan corta afecte negativamente la atención del paciente, así como la carga de trabajo y estrés del médico” (p. 4).

Jornadas médicas que superan los límites legales

Aunque en teoría el marco legal ecuatoriano protege la salud del trabajador estableciendo una jornada máxima de 40 horas semanales respaldada tanto por el artículo 47 del Código del Trabajo como por el artículo 25, literal a, de la Ley Orgánica del Servicio Público (LOSEP), la operatividad del sistema sanitario se escuda en vacíos y excepciones normativas. Pese a que recientes regulaciones del Ministerio del Trabajo, como el Acuerdo Ministerial N.º MDT-2023-161 sobre jornadas dinámicas y el más reciente Acuerdo N.º MDT-2026-046 sobre horarios especiales, han intentado fijar un límite estricto de 12 horas diarias de labor, el sector salud funciona bajo sus propias reglas. El literal b del mencionado artículo 25 de la LOSEP permite la creación de una «jornada especial» para aquellas instituciones cuyos servicios no pueden interrumpirse. Esta cláusula actúa como el paraguas legal perfecto para que normativas técnicas del Ministerio de Salud Pública (MSP) y los reglamentos de posgrado validen las extenuantes «guardias médicas» de 24 horas, camuflándose bajo la figura de una actividad «académico-asistencial» inherente a la formación o como una simple necesidad de servicio, vulnerando por completo el derecho al descanso y desconexión del entorno laboral.

Sobrecarga laboral en el sistema sanitario

Diversos estudios locales evidencian una sobrecarga en los médicos ecuatorianos; por ejemplo, una evaluación realizada a personal médico de primera línea en la ciudad de Quito reveló que el 73,96 % trabajaba más de 49 horas a la semana (Calvache Lascano, 2021). Esta privación severa y sistemática del sueño no solo deteriora la salud del profesional y desencadena el síndrome de desgaste profesional o burnout, sino que lo coloca en un estado de supervivencia donde el agotamiento cognitivo es la norma.

Desigualdad en la distribución de médicos

El panorama laboral no se ve nada favorable en lo que resta de 2026 por la orden gubernamental de reducir contrataciones públicas, impulsando la fuga internacional de especialistas (Bravo, 2025). Internamente, la deficiente planificación geográfica concentra al personal en zonas urbanas como Pichincha (8.691 generales y 5.524 especialistas) y Guayas (10.051 generales y 5.504 especialistas) (Bravo, 2025), contrastando drásticamente con provincias amazónicas como Morona Santiago, que registra apenas 151 especialistas (Bravo, 2025; INEC, 2021).

Crisis en la formación médica

Más allá de los números, existe una crisis cualitativa severa. Desde el Colegio de Médicos de Pichincha se advierte que los nuevos profesionales no están cualitativamente capacitados para las exigencias del sistema de salud nacional (Bravo, 2025). El problema radica en la falta de eficiencia y unificación de los planes de estudio: los médicos generales se están graduando con apenas 4.000 horas de formación, cuando la normativa internacional exige 12.000 (Bravo, 2025)

Las cifras del colapso psicológico y emocional

La factura de este entorno hostil, donde se evidencia desempleo, mala formación, turnos inhumanos y exigencias imposibles, la está pagando el estado de salud psicológica del médico. La evidencia en Ecuador es alarmante.

La evidencia sobre el deterioro mental en este gremio es alarmante desde las aulas. León Román y Endara Dávila (2017) reportaron que el 55,8 % de los estudiantes de medicina en una universidad de Quito presentaban riesgo de depresión. Este panorama se repite en Esmeraldas, donde un estudio de Mero Salazar et al. (2025) reveló que el 84 % de la población femenina evaluada padecía esta enfermedad. Sin embargo, la situación alcanza su punto más crítico en el posgrado: en un hospital pediátrico de Guayaquil, el 61,9 % de los médicos residentes mostró sintomatología depresiva (siendo la anhedonia y la fatiga las afectaciones principales) y un 20 % manifestó ideación suicida, evidenciando un grupo en riesgo inminente que requiere atención urgente (Mackenzie-Ugarte et al., 2025).

Y es aquí donde podemos preguntarnos: ¿el personal médico realmente recibe apoyo institucional frente a las realidades que atraviesa? ¿Existen espacios que lo sostengan a nivel emocional frente a los acontecimientos laborales que enfrenta? La respuesta gira, en gran medida, en torno a la duda, ya que la literatura arroja altos porcentajes de depresión y ansiedad, ubicando muchas veces al personal médico como una máquina que tiene que actuar del mismo modo que muchos de los recursos materiales necesarios para el diagnóstico.

Conclusión

El personal sanitario atraviesa en la actualidad una crisis de estrés relacionada con su entorno laboral, haciendo urgente la implementación de políticas públicas que mitiguen los altos niveles de estrés, ansiedad y depresión. Frente a esta realidad, la intervención en los espacios de trabajo es un derecho ineludible. De hecho, el Ministerio del Trabajo del Ecuador (2021) ya exige la implementación de programas de prevención de riesgo psicosocial para evaluar y controlar la exposición a estos factores. Sin embargo, en la práctica debemos preguntarnos:

¿estamos cuidando a quienes cuidan de nuestra salud? La inacción nos empuja a una crisis del estado psicológico del personal médico, cuyos estragos ya son visibles en los diversos casos que se han reportado de intentos autolíticos de algunos médicos en todo el país. Es necesario sanar el sistema desde sus cimientos antes de que el colapso sea irreversible.

Con el fin de proporcionar soluciones creemos que, se debería implementar con mayor rigurosidad un plan de intervención que permita al personal encargado llevar un registro del estado de los participantes y de sus avances. Este plan de intervención podría contemplar los siguientes componentes:

  • Espacios grupales de acompañamiento, con la finalidad de que los participantes puedan sentirse identificados, escuchados y acompañados.
  • Capacitaciones, charlas y talleres, en los que se brinde al profesional herramientas de afrontamiento del estrés, regulación emocional y manejo de las demandas laborales.
  • Espacios de psicoeducación sobre temas relevantes que, como individuo, necesita conocer para poder desarrollarse de la mejor manera posible, por  ejemplo: conflictos en la dinámica familiar, crianza positiva, vínculos afectivos, entre otros.
  • Acciones orientadas a la des-estigmatización de la salud mental, trabajando en normalizar el pedir ayuda y en fortalecer una cultura institucional de cuidado y apoyo emocional.

Fuentes: Estudios Académicos, INEC, BMJ, Ministerio del Trabajo.