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Educación en Cultura de la Legalidad y Humanidad: La propuesta pedagógica de la UEES frente a la crisis sociocultural y la era de la Inteligencia Artificial

A lo largo de la historia, las diversas crisis que ha enfrentado el mundo han dejado al descubierto dos de sus mayores fragilidades, una de carácter cultural y otra, fundamentalmente, humana. El primer ámbito responde a una severa crisis de valores que, con distintos matices según el contexto geográfico, ha configurado a nivel global una anticultura individualista. Esta se caracteriza, entre otras cosas, por la falta de empatía, la pérdida de confianza en las instituciones y en el prójimo, la deshonestidad, la adopción de atajos indebidos, la corrupción, la violencia, la desobediencia sistémica de las normas jurídicas y de aquellas de las que depende la convivencia social pacífica. Se trata de lo que Nino (1992) calificó acertadamente como la “anomia boba”. Estos comportamientos disfuncionales, que surgen desde los hábitos privados e impactan en la esfera pública, al punto de poner en riesgo la supervivencia del modelo democrático y del Estado de derecho, no han sido tratados con la seriedad que ameritan. Por el contrario, se han normalizado y tolerado en diversos países al punto de calificarse, de modo burlesco, como “viveza criolla”, jeitinho, “chicanada”, “sapada”.

«El problema no es de índole normativo, sino sociológico y cultural, existe una brecha entre el texto de las normas vigentes y su eficacia real en la sociedad»

En cuanto a su tratamiento se refiere, este se ha reducido a proporcionar remedios epidérmicos, tales como la mera expedición o reforma de protocolos, leyes e incluso constituciones, asumiendo de modo falaz que la ética, la integridad y los valores se imponen mediante normas jurídicas. Este fetichismo normativo es habitual en países con influencia romano-germánica, donde ha imperado tradicionalmente la escuela de pensamiento jurídico formalista. Bajo ese enfoque, la receta se ha circunscrito al diseño y lenguaje formal de las reglas jurídicas, procurando regular todos los escenarios o conductas que puedan configurarse tanto en el presente como en el futuro de la sociedad. Se ha pretendido así reducir al máximo las zonas de penumbra de las normas, para evitar la interpretación activa o dinámica, entendida esta en contextos donde imperan los hábitos descritos como causante de arbitrariedad, manipulación y corrupción.

CUANDO LAS NORMAS NO SON SUFICIENTES

Si este fuera el remedio adecuado, aquellos países cuyos sistemas jurídicos están caracterizados por una hiperinflación normativa, liderarían los índices internacionales de transparencia e integridad en el ámbito público; lamentablemente, la realidad demuestra lo contrario. Tal como lo evidencia, por citar un ejemplo, el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 (Transparency International, 2025), la mayoría de los países sudamericanos de influencia romano-germánica, continúan registrando evaluaciones deficitarias en esta materia. Esto confirma que el problema no es de índole normativo, sino sociológico y cultural, existe una brecha entre el texto de las normas vigentes y su eficacia real en la sociedad (Bobbio, 1992). En otras palabras, nos hemos preocupado por el diseño normativo y la mera vigencia formal de las reglas, pero no por verificar si ese derecho refleja la realidad ni por propiciar, junto con el destinatario de las normas, hábitos de cumplimiento honesto, íntegro y voluntario. De esta forma, se ha configurado un ambiente anárquico, atractivo para que agentes externos e ilegítimos, como el crimen organizado y el narcotráfico, aprovechen el escenario y pretendan imponer sus reglas y costumbres, especialmente en los sectores más vulnerables, los cuales carecen de entornos familiares y acceso a la educación.

En consonancia con esta degradación cultural, la dimensión humana a nivel global, atraviesa una crisis caracterizada por la falta de empatía, de solidaridad, donde destaca la fragmentación social y la paulatina pérdida de humanidad, atributos esenciales para la vida comunitaria. Esta doble fragilidad, no resuelta oportunamente, alcanza hoy un punto crítico ante la irrupción desenfrenada de las tecnologías y, en especial, de la inteligencia artificial (en adelante, IA). A diferencia del escenario que describíamos previamente, donde se destacaba como remedio a la hiperinflación normativa para intentar evitar la propagación de aquellos hábitos deshonestos, en el caso de la IA, salvo excepciones, no existen mayores regulaciones normativas relacionadas a su uso. Esto impone un deber moral en la era digital, estructurar tratamientos adecuados y proporcionales a este estado de vulnerabilidad. De lo contrario, lejos de lo que se piensa, la innovación y transformación digital no traerán desarrollo, sino la propagación acelerada y a nivel global de todos los males originarios que ya advertíamos en la humanidad antes de la irrupción de las nuevas tecnologías.

EL DESAFÍO HUMANO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Esta delicada situación motivó recientemente una encíclica por parte del Papa León XIV (2026), titulada Magnifica Humanitas, un documento que, más allá de las creencias religiosas, resulta sustancial para la humanidad en su conjunto. Se trata de un llamado a cuestionarnos hacia dónde vamos en medio de una nueva revolución industrial de carácter digital que incentiva, en nombre de la innovación y como si de una moda se tratase, el uso indiscriminado de la IA para facilitarlo todo, aun a costa de sacrificar atributos y valores esenciales para el ser humano, como el pensamiento propio, la vivencia, la experiencia y la convivencia comunitaria, factores indispensables para alcanzar la empatía, la solidaridad y la justicia que el mundo tanto necesita.

«El gran desafío de nuestro tiempo no es técnico, sino humano y espiritual. Conviene entonces preguntarnos si, antes de recurrir a la IA, nos hemos tomado el tiempo para reflexionar sobre su propia denominación»

Además, la encíclica nos plantea una disyuntiva moral determinante y sobre todo pertinente en la actualidad, optar por levantar una nueva Torre de Babel con consecuencias aún más deshumanizadoras y fragmentadoras, o edificar la ciudad donde la humanidad habite de manera conjunta y pacífica. Frente a este escenario, como se desprende de la encíclica del Papa León XIV (2026), el gran desafío de nuestro tiempo no es técnico, sino humano y espiritual. Conviene entonces preguntarnos si, antes de recurrir a la IA, nos hemos tomado el tiempo para reflexionar sobre su propia denominación, concretamente sobre el término “inteligencia”. Partiendo de un hecho incuestionable, no podríamos asimilar dicha denominación a la inteligencia humana, pues esta no se reduce al procesamiento célere de datos; se trata de una cualidad esencialmente emocional y vivencial, atributos con los que no cuenta ni contará la IA.

La IA es un bien instrumental, un objeto; no es un sujeto. Por ello, tratándose de un objeto riesgoso para la sociedad en su conjunto, nuestro deber como seres humanos es y será siempre asumir una postura ética, íntegra y responsable frente a ella, sustentada en la cultura de la legalidad. Esto exige que, más allá del auge tecnológico, garanticemos que la persona humana se posicione en el centro de todo progreso. En esta tarea, la educación desempeña un rol sustancial, pues se trata del motor para lograr los cambios más profundos en la sociedad y nuestra herramienta más poderosa para frenar el proceso de deshumanización acelerado que nos aqueja.

EDUCAR PARA LA INTEGRIDAD

La educación, entendida como proceso de enseñanza-aprendizaje y no como mera transmisión de datos, es un acto profundamente humano que se sostiene en la empatía, en las experiencias compartidas, en la convivencia, en la interacción y en el contacto humano (Freire, 1970;1997). Su fundamento son las emociones, imposibles de automatizar. En consecuencia, es nuestro deber moral como educadores, estudiantes y profesionales preservar lo humano y evitar que la IA nos reemplace. A propósito de esto, debería llamar nuestra atención que múltiples cursos sobre la implementación de la IA en la educación se enfoquen en adiestrar a docentes y estudiantes en la elaboración “adecuada” de prompts, en generar instrucciones para que la IA asuma nuestras funciones sin ser detectados, desde elaborar un syllabus o dictar una clase completa, hasta redactar una tesis, un artículo académico sin verificación o responder un examen. Esta es solo una muestra, pero evidente, de la promoción irresponsable y carente de ética del uso de la IA, la cual termina por promover y propagar a nivel global la anticultura del “vivo” con impactos lacerantes para la educación y la humanidad. Con mayor razón si consideramos las características que se promueven agresivamente en el medio educativo a nivel global, todo esto en nombre de la “innovación”, una educación sustentada en la extrema flexibilidad, la hipervirtualización asíncrona y la obtención acelerada de títulos a bajo costo por medio de programas asistidos por máquinas, sin necesidad de tener contacto con otros seres humanos. En estas condiciones, cabe preguntarnos cómo podríamos promover empatía entre nuestros profesores y alumnos. Este fenómeno deshumaniza la educación y degrada las profesiones (Selwyn, 2019).

«Debemos seguir trabajando, con mayor fuerza, en una educación innovadora pero principalmente ética, que rescate los valores humanos, priorice el contacto humano, y recupere el valor social de la universidad, de los títulos y de las profesiones.»

Frente a esta realidad, quienes hemos asumido la educación con responsabilidad no podemos mirar hacia otro lado, no podemos aceptarlo o normalizarlo en nombre de la mal calificada “innovación educativa”. Nuestro enfoque en la era digital debe ser el opuesto, no reducir la educación a la elaboración de prompts y menos aún de forma mecánica y deshonesta.  Debemos seguir trabajando, con mayor fuerza, en una educación innovadora pero principalmente ética, que rescate fundamentalmente los valores humanos, la valía del contacto humano, que recupere el valor social de la universidad, de los títulos y de las profesiones. Para ello, requerimos una educación humanista e integral, que tenga como ejes centrales la legalidad, la humanidad y la integridad. En definitiva, una formación reforzada en la interiorización de valores, que vaya más allá de la regulación normativa para responder a los desafíos de la era digital.

En consecuencia, nuestra atención no debe concentrarse únicamente en el diseño de protocolos, softwares de detección u otras normas que contemplen todos los escenarios posibles de uso indebido de IA y las sanciones correspondientes. Ya hemos sido testigos que esto no ha sido suficiente para solventar el problema cultural de integridad preexistente al auge de las nuevas tecnologías. La prioridad debe ser cultivar en estudiantes y ciudadanía en general, el uso ético por convicción, no por miedo a un sistema de detección o a una sanción. Es momento de ir más allá de las respuestas y planteamientos superficiales, que lejos de aportar invisibilizan el problema de fondo, como los detectores de plagio, de uso indebido de IA (que nunca serán suficientes, menos en la era digital), o la necesidad de retomar el “papel y lápiz”.

UNA RESPUESTA PEDAGÓGICA, NO PUNITIVA

La respuesta debe ser esencialmente pedagógica y no punitiva (University of Chicago Law School, 2026). Por ello, la educación mediante el ejemplo y las campañas vivenciales, que pongan al descubierto los riesgos y efectos del manejo indebido de datos, de fuentes, del plagio, del uso irresponsable y camuflado de la IA generativa, deben ser el fundamento de la enseñanza en la era digital. Esto confirma que el desafío actual, como bien señala el Papa León XIV (2026), es fundamentalmente humano y no técnico. Se trata de construir confianza, lograr que el ser humano actúe de forma ética y principalmente íntegra frente a la IA. Solo así alcanzaremos una verdadera sinergia entre el ser humano y la tecnología.

Podemos afirmar con orgullo que esta educación en valores, en hacer bien las cosas más allá de la existencia de una norma o de la vigilancia, ha sido y ahora con mayor razón es el eje de formación de la Universidad Espíritu Santo (en adelante, UEES). Ello ha implicado la creación de un Comité de Cultura de la Legalidad; la consolidación de nuestro campus como un espacio de paz, integridad, respeto y humanidad, donde se reconoce públicamente a quienes hacen bien las cosas y se reprocha pacíficamente a quienes no lo hacen; la implementación transversal de contenidos atinentes a la educación en cultura de la legalidad en carreras y programas, en el uso de las nuevas tecnologías y en la generación de proyectos de vinculación con la sociedad y los sectores más vulnerables.

«Hacer bien las cosas más allá de la existencia de una norma o de la vigilancia ha sido, y ahora con mayor razón es, el eje de formación de la UEES.»

Esta huella educativa ha atraído a distintos actores públicos y privados con quienes trabajamos activamente y en todas las disciplinas, en impulsar esta cruzada cívica. A modo de ejemplo, podemos citar a medios de comunicación, el Gobierno central, gobiernos locales, órganos de control, la Función Judicial, fundaciones, la Embajada de los Estados Unidos en el Ecuador, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), iniciativas multisectoriales como Mangle y Conducta Empresarial Responsable, y consorcios académicos internacionales de los que somos parte y que agrupan a prestigiosas universidades a nivel global preocupadas por enfatizar en la importancia de la ética y la integridad en el uso de las nuevas tecnologías y en particular de la IA. Todo ello nos ha permitido postular recientemente a una Cátedra UNESCO de Cultura de la Legalidad, con la pretensión de sumar aliados y potenciar esta necesaria labor mancomunada (Cátedra de Cultura de la Legalidad UEES, 2023).

Nuestra campaña cívica y permanente es un llamado a no invisibilizar, menos aún normalizar, los problemas culturales que el mundo ha enfrentado históricamente y que ahora amenazan con propagarse de forma precipitada en la era digital. Por ello, la educación en cultura de la legalidad y humanidad debe afianzarse como eje transversal de la formación educativa. De esta manera, lejos de ser reemplazados por la IA, evidenciaremos el rol insustituible de los educadores en la era digital. Nuestra tarea, más allá de limitarnos a describir los avances y utilidad de la IA, debe ser forjar humanidad a través del uso responsable de esta herramienta tecnológica. En definitiva, se trata de aprovechar la era digital para irradiar la educación en cultura de la legalidad a nivel global y en beneficio de la humanidad.

Referencias: Bobbio, N. (1992). Teoría general del derecho. Temis; Cátedra de Cultura de la Legalidad UEES. (2023). Cultura de la legalidad y educación en valores: Memoria y sistematización de iniciativas institucionales. Universidad Espíritu Santo; Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI; Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI; Hart, H. L. A. (1995). El concepto de derecho. Abeledo-Perrot; León XIV. (2026). Carta encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la dignidad humana y los desafíos de la era digital. Librería Editrice Vaticana; Nino, C. S. (1992). Un país al margen de la ley: Estudio de la anomia como fuente del subdesarrollo. Emecé; Selwyn, N. (2019). Should robots replace teachers? AI and the future of education. Polity Press; Transparency International. (2025). Índice de Percepción de la Corrupción 2025; University of Chicago Law School. (2026). AI strategy statement: Rethinking legal education in the AI era.