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INFRAESTRUCTURA, PRODUCTIVIDAD Y CRECIMIENTO: CÓMO LA LOGÍSTICA PUEDE REACTIVAR LA ECONOMÍA ECUATORIANA EN 2026

Al amanecer de cualquier día en Guayaquil, cuando los primeros camiones se alinean frente a los accesos del puerto, se dibuja una escena que revela con precisión quirúrgica la relación íntima entre infraestructura y economía. No se trata únicamente de vehículos aguardando su turno; es, más bien, la representación de un país que, en su tránsito hacia 2026, intenta corregir décadas de rezagos acumulados para liberar un potencial productivo que nunca ha terminado de expresarse plenamente. Cada camión que entra y sale de esas terminales carga más que mercancías: transporta posibilidades de crecimiento, encadenamientos productivos y competitividad internacional.

La evidencia acumulada en 2025 dejó expuesto un diagnóstico ya conocido, pero pocas veces enfrentado con suficiente decisión. Con costos logísticos que alcanzan el 17,9% del valor de las mercancías, Ecuador opera con una estructura que encarece cada etapa del proceso productivo y erosiona la rentabilidad de exportaciones e importaciones. Este porcentaje supera claramente la media regional latinoamericana, estimada entre 14% y 15% según informes del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, lo que posiciona al país entre los costos logísticos más altos de la región. La cifra, más que un dato aislado, representa la distancia que separa al país de mercados que ya funcionan bajo estándares avanzados de digitalización, trazabilidad e integración operativa, claves en la economía global contemporánea.

Lo interesante es que, en medio de este panorama, se ha ido consolidando una certeza que tanto organismos multilaterales como expertos repiten con insistencia: cuando un país invierte estratégicamente en su logística, la economía reacciona. Calatayud y Katz (2019) lo explican con claridad al mostrar cómo la modernización de la cadena de suministro altera los costos de transacción, aumenta la productividad total de factores y expande la capacidad de las empresas para insertarse en cadenas globales más exigentes y sofisticadas. Dicho de otra forma, la logística no es un sector más, sino un multiplicador transversal del crecimiento.

Fuente: Banco Mundial. Logistics Performance Index (2007-18)

Nota metodológica:
Aunque las figuras que muestran el Índice de Desempeño Logístico (LPI) corresponden al año 2018, su utilización es pertinente debido a que esta es la serie más reciente publicada de manera completa y comparable entre países. El Banco Mundial suspendió temporalmente la actualización del LPI en 2020 por inconsistencias metodológicas, por lo cual el año 2018 permanece como el último registro oficial validado. Además, el LPI es un indicador estructural cuya dinámica cambia lentamente en el tiempo, por lo que sus tendencias siguen siendo útiles para comprender el rezago relativo de Ecuador frente a la región y frente a los estándares de la OCDE.

Como muestra el Índice de Desempeño Logístico del Banco Mundial, Ecuador se mantiene por debajo de la mayoría de países líderes de la región y muy lejos del promedio OCDE, lo que limita la competitividad exportadora y encarece la logística interna (Calatayud & Katz, 2019)

En Ecuador este principio empieza a ser visible. Los puertos privados anunciaron inversiones superiores a USD 208 millones para el periodo 2026–2030, un esfuerzo concentrado en modernización tecnológica, sistemas de escaneo, grúas más eficientes y plataformas digitales que permiten operar con menores tiempos de carga y descarga. Aunque a primera vista estas inversiones parezcan enfocadas únicamente en mejorar las operaciones internas de los terminales, su efecto trasciende los muelles. Cuando un puerto reduce una hora de espera o agiliza el despacho de un contenedor, toda la estructura económica se beneficia: los exportadores pueden rotar inventarios con mayor rapidez, los importadores reducen costos de almacenamiento y las empresas mejoran su liquidez para reinvertir en nuevos proyectos o ampliar su capacidad productiva.

Lo mismo ocurre con las carreteras. La ampliación del corredor Guayaquil–Quito, que exige inversiones que bordean los USD 1.300 millones, no solo representa una mejora vial o una obra de ingeniería. Significa para el país la posibilidad de acortar distancias económicas entre la Sierra y la Costa, potenciar la competitividad del transporte de banano, flores, cacao y productos agroindustriales, disminuir siniestros y reducir pérdidas millonarias por demoras. Los estudios del Banco Interamericano de Desarrollo indican que los países que modernizan sus corredores estratégicos incrementan su productividad logística hasta un 40%, una mejora que se traduce en precios más competitivos, mayor capacidad exportadora y un entorno más atractivo para la inversión extranjera (Calatayud, Katz & Riobó, 2022)

Fuente: Banco Mundial

Los datos del BID muestran que alrededor del 69 % de las empresas de transporte en la región ya declara contar con una estrategia de transformación digital, pero en el transporte terrestre —clave para la logística interna ecuatoriana— el nivel de madurez es menor, y las pequeñas empresas siguen siendo el eslabón débil de la cadena (Calatayud et al., 2022)

Pero quizá el impacto más profundo —aunque el menos visible— se encuentra en la digitalización. Mientras la infraestructura física define los límites de la movilidad, la infraestructura digital determina la velocidad de la economía. Sensores que anticipan fallas mecánicas, plataformas que predicen congestión, sistemas que integran aduanas, puertos, operadores logísticos y transportistas: cada una de estas herramientas reduce costos, elimina fricciones y, sobre todo, cambia la lógica de operación de sectores completos. En un país donde gran parte de los procesos aún se gestionan manualmente, la digitalización se convierte en el acelerador de productividad más potente y menos costoso. No hace falta pavimentar kilómetros de carretera para reducir tiempos cuando un algoritmo puede reorganizar rutas en minutos. No se requiere levantar gigantescas obras para agilizar un despacho si un sistema de ventanilla única puede procesar documentos sin intervención humana.

Algunos ejemplos de digitalización pueden encontrarse en bodegas que pasan de 50 operarios a 5 gracias a la robotización que mantuvo —e incluso incrementó— su nivel de productividad. Flotas equipadas con telemetría reduce consumo de combustible. Empresas que digitalizan su cadena de frío disminuyen mermas de forma significativa. Cada uno de estos casos representa pequeñas victorias económicas, pero juntas componen un cuadro claro: la digitalización es la nueva infraestructura económica de un país.

La seguridad también forma parte del debate económico. Perder más de USD 300 millones al año por robos y restricciones operativas no es únicamente un problema social: es una fuga de capital que afecta directamente los precios internos, la competitividad exportadora y la capacidad fiscal del Estado. Ninguna infraestructura puede compensar un entorno inseguro. Ninguna cadena de suministro 4.0 puede florecer si las carreteras siguen siendo un riesgo permanente para quienes las transitan. Resolver esta dimensión es clave para que cualquier inversión logística produzca los retornos esperados.

Fuente: World Development Indicators (WDI)

Lo cierto es que Ecuador ya no puede darse el lujo de postergar decisiones. El año 2026 se perfila como un punto de inflexión para definir si el país se integra plenamente a la economía global o queda relegado en un mundo donde la velocidad es sinónimo de crecimiento. La inversión en infraestructura logística no se limita a la mejora de carreteras o puertos; implica fortalecer la productividad empresarial, estimular nuevas industrias, atraer capitales, reducir costos sistémicos y permitir que los sectores productivos operen con eficiencia. Es, en esencia, una estrategia económica de país.

En otras palabras, invertir en logística es invertir en crecimiento. La economía ecuatoriana no necesariamente necesita más impuestos ni más endeudamiento para reactivarse; necesita más eficiencia. Necesita que sus rutas sean seguras, que sus puertos sean ágiles, que sus flotas sean inteligentes y que sus procesos se integren en tiempo real. Cada mejora logística libera recursos, dinamiza la actividad productiva y genera un entorno más propicio para la inversión privada.

Si Ecuador decide apostar por este camino —por un sistema logístico moderno, digital, integrado y seguro— las recompensas económicas podrían ser profundas: mayor exportación, más empleo, mejor competitividad y una economía capaz de crecer con estabilidad. Si no lo hace, seguirá atrapado en los márgenes estrechos que han limitado su desarrollo por décadas.

Las carreteras no solo conectan ciudades. Los puertos no solo reciben barcos. La logística no solo mueve mercancías.

Cuando la infraestructura y la digitalización se alinean, lo que realmente se mueve es la economía.