En este momento estás viendo LA DEMOCRACIA COMO ESCUDO: LECCIONES DESDE OSLO

LA DEMOCRACIA COMO ESCUDO: LECCIONES DESDE OSLO

Desde la comodidad de las sociedades libres, cometemos el error de percibir la democracia como un «adorno» político o un simple trámite burocrático. Sin embargo, el discurso del presidente del Comité del Premio Nobel de la Paz 2025, al honrar a María Corina Machado, nos ha recordado una verdad tan brutal como necesaria: la democracia es la única barrera real entre la dignidad humana y la barbarie.

El discurso pronunciado en Oslo no comenzó con celebraciones, sino con el horror, si el horror de Samantha Sofía Hernández, una adolescente secuestrada; de Juan Requesens, humillado y torturado; y de niños con bolsas de plástico en sus cabezas. Estos nombres no son solo víctimas de un mal gobierno; son la evidencia sangrienta de lo que ocurre cuando el Estado de Derecho desaparece.

La lección más contundente del Nobel de la Paz 2025 es que el autoritarismo no es simplemente una diferencia ideológica, sino un sistema de impunidad, un sistema que aniquila la dignidad humana. En Venezuela, el «pecado» de un hermano se paga con el castigo de toda la familia. Cuando las leyes se subordinan al capricho de un grupo armado, cualquier persona, se convierte en mercancía o en objeto de ataque.

El presidente del Comité lo resumió con una claridad devastadora: «Donde hay democracia, hay límites. Donde no, reina la violencia». Esta frase encapsula la esencia del Estado de Derecho. No se trata solo de votar, se trata de límites. Sin instituciones sólidas que frenen el poder, el ser humano queda expuesto a la oscuridad absoluta de las celdas de tortura, donde «no oyen discursos, solo gritos».

Es fácil caer en el cinismo y pensar que la paz es simplemente la ausencia de conflicto armado. Pero el discurso nos recuerda que «la paz sin justicia no es paz» y que «el diálogo sin verdad no es reconciliación».

María Corina Machado recibe este galardón no por haber ganado una guerra con armas, sino por haber ganado una elección con actas, dignidad y movilización ciudadana, a pesar de que el régimen chavista la persigue e intenta destruirla. Su lucha demuestra que la democracia es un trabajo arduo y una «obligación viva», no un lujo, y que los ciudadanos organizados, que encuentran causas en común pueden y deben luchar por lo importante, la libertad a través del Estado de Derecho.

Por su parte, Ana Corina Sosa al recibir el Nobel a nombre de su madre y en representación del pueblo venezolano, nos advierte que «incluso las democracias tradicionales están cediendo». Esta es la idea que debemos interiorizar hoy en día, las instituciones no son edificios de piedra inmutables; son acuerdos sociales que requieren mantenimiento diario.

Ana Corina fue lapidaria «Cuando comprendimos lo frágiles que se habían vuelto nuestras instituciones ya era tarde». Esta advertencia nos interpela a todos los ciudadanos del mundo, pero principalmente a aquellas personas que vivimos en incipientes democracias, que el autoritarismo moderno se disfraza, no aparece de manera inmediata, como el cáncer toma primero células para luego tomar órganos y finalmente todo el cuerpo humano. Primero se debilita la verdad, se cambia la historia, luego se coapta la justicia y finalmente, se persigue la disidencia. Para cuando un niño susurra el nombre de su madre en una celda oscura por miedo a estar muerto, la sociedad ya ha perdido su capacidad de reacción.

En un 2024 donde las elecciones libres fueron cada vez más escasas, el caso venezolano es un espejo en el que el mundo libre debe mirarse con temor y profunda responsabilidad.

La fragilidad de la democracia es precisamente la desaparición de esos límites. Un Estado sin Derecho y Democracia deja de ser un protector para convertirse en un depredador. María Corina Machado y el movimiento democrático venezolano reciben este premio porque entendieron, quizás en medio de esa oscuridad, que la única forma de revertir ese «tarde» es con una resistencia cívica incansable. Nos recuerdan que la democracia «no es un lujo, no es un adorno. Es trabajo arduo».

No podemos permitirnos el lujo de esperar a comprender la fragilidad de nuestra libertad cuando ya la hayamos perdido. La lección de Venezuela es que las instituciones deben defenderse cuando aún son fuertes, cuando aún se puede hablar sin susurrar. Porque si esperamos a que sea tarde, lo único que nos quedará será la valentía de resistir desde la clandestinidad y la esperanza de que el mundo, esta vez sí, decida escuchar.

El 10 de diciembre en Oslo no se premió el pasado, es una apuesta por el futuro democrático que el gobierno autoritario de Maduro intenta impedir, nos obliga a un serio compromiso por la Democracia y el Estado de Derecho.